Aún a finales de marzo, a las nueve de la mañana, hace un frío que pela y las manos en el manillar se ofrecen agarrotadas, hasta que en La Población, en las faldas del León Dormido, las frotas con brío, no para hacer fuego, pero sí para hacerlas entrar en calor, camino del Santuario de Codés, al que no podéis acceder por una pista devenida en venero, por donde fluye mansamente el agua límpida, así que por el asfalto llegaréis al lugar sagrado, y no para rezar, sino para tomar un café con leche bien caliente con una magdalena, en la hospedería, para luego de regreso, dejando Azuelo a vuestra derecha -pueblo que habéis visitado a la ida, probando el fresca agua de los caños de la fuente- paráis en Torralba del Río, en una visita totalmente inopinada.
Os sorprende, callejeando por sus calles desiertas, leyendo los carteles explicativos, que el Coco, el Sacamantecas, sea aquí un pobre cantante, un guitarrista para más detalles, el Pobre Guitarras, el responsable de atormentar a los moetes de la zona en su infancia, y la celeridad os privará de ver la escultura ofrendada al bandido Juan Lobo, ultimado por los lugareños, hace casi cinco siglos, hartos de sus fechorías. Luego, hacia Aras la carretera es una bajada maravillosa, tras haber coronado; un festín verde que colma cada resquicio visual, y a la altura de Viana os uniréis a los muchos peregrinos diseminados por el Camino de Santiago, que pasado el mediodía buscarán refugio en Lucronium. Si os encaramaseis al Monte Cantabria, a vuestros pies quedaría la ciudad, desplegada como un papiro de cáñamo, pero seguís avanzando, los huertos urbanos a la derecha, el cementerio a la izquierda, arriba el cielo despejado de nubes, las dos en el reloj de la muñeca.