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Mostrando las entradas etiquetadas como Elba

Ver y saber

El ensayo Ver y saber de Bernard Berenson (Elba, 2019; traducción de Jordi Ainaud) abunda en el compromiso entre el pensamiento y el sentimiento, esto es, entre el saber y el ver. Es evidente que cuanto más sabemos de algo más lo disfrutamos. Y en ese mirar, se quiera o no, entran en juego las convenciones sociales. Para ello Bernard da algunos ejemplos, como esas figuras lejanas que deberían ser manchas de tinta en los cuadros y que, sin embargo, apreciamos con toda nitidez. O cómo Bellini (1433-1516) creó el paisaje romántico que hoy conocemos. O cómo Joyce descoyuntó el lenguaje para dar trabajo a los críticos literarios. O cómo ha cambiado el sentido del desnudo a lo largo de la historia, desde las venus de la fertilidad hasta la llegada de los griegos.  Nos habla asimismo de las diferencias entre el arte mesopotámico y el egipcio, de cómo las aguas volverán a su cauce, dejando de lado las geometrías, volviendo a lo figurativo. Todo el texto se ofrece acompañado de un par...

El príncipe de Palagonia

  Pareja fascinación a la experimentada por Goethe al visitar el Palacio del príncipe Gravina , he sentido al leer el espléndido ensayo de Giovanni Macchia sobre el conocido como El príncipe de Palagonia , cuyo palacio sorprendía a sus visitantes a finales del XVIII, por lo feo y grotesco de sus esculturas. No sabemos bien qué pretendía el príncipe con este palacio y Macchia le echa imaginación para crear un diálogo entre el príncipe y un patricio veneciano, con quien se confesará. Afloran las obsesiones y delirios del príncipe, también su infinito cansancio. No espera la inmortalidad en absoluto. Pero le será concedida.

La belleza

    En su ensayo La belleza , Roger Scruton , el autor, parte de seis obviedades: La belleza nos da placer. Una cosa puede ser más bella que otra. La belleza siempre es un motivo para prestar atención a lo que la posee. La belleza es el objeto del juicio: el juicio del gusto. El juicio del gusto se refiere a algo bello, y no al estado de ánimo de quien lo formula. Cuando describo a un objeto como bello, lo que describo es el objeto, no me describo a mí. No obstante, los juicios de belleza sólo pueden ser personales. No me pueden convencer sin que yo mismo formule mi propio juicio, ni tampoco puedo convertirme en experto en belleza mediante el simple estudio de lo que otros han dicho sobre los objetos bellos, sin experimentar y juzgar por mi cuenta. A lo largo del ensayo Scruton no definirá la belleza, pero si mentará a otros que lo han intentado, como Hutcheston , para quien la belleza era la unidad en la variedad. O Kant (filósofo muy presente en el ensayo), para quien lo be...