Piensas en Philippe Petit, en las desaparecidas Torres Gemelas, precisamente hoy, once de septiembre. Ves el ciclista y lo imaginas como un funambulista. El horizonte es un cable de sesenta metros. Y si el fondo es un cristal ¿por qué el reflejo es tan brumoso como lo son los sueños? El ciclista pareciera pedalear sobre el vacío, dentro de un sueño, en una realidad desaparecida, como las torres. El ciclista, gemelo de sí mismo, no iría de una torre a la otra. Lo piensas estático, las manos en los frenos, a punto de caer, la tinta disolviéndose en las yemas.