Odiseo la había echado larga. Penélope pensó en una escapada breve. No era la primera vez que Odiseo cogía el trompis y desaparecía unos días por cualquier nimiedad. Cuando pasaron dos décadas y Odiseo no regresó, comenzó a preocuparse. Estaba hasta el moño, plateado por las canas, de tejer y destejer aquella tela convertida en sudario, para mantener a raya a todos los pretendientes. Su única esperanza era el regreso de su amado, si aún lo seguía siendo. Albergaba ya ciertas dudas razonables. Amor a lo lejos, amor de pendejos, había oído en una telenovela venezolana. Estuvo muy de acuerdo. Frente al espejo vio su pecho caído, la carne fláccida de los brazos, las pantorrillas con estrías, los efectos del reciente ictus. Le gustaría ver la cara que pondría Odiseo al verla, al que él llamaba en la intimidad y entre gorjeos llamaba cariñosamente pichona . Cuando finalmente Odiseo-Pichón regresó al nido, pasada la medianoche, ella había dejado los audífonos encima de la mesilla, ...