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Desembocadura

  No se presenta todos los días la oportunidad de ver morir un río. O de verlo nacer en el mar. Eres testigo de la fusión o abrazo desde la cima del Zigurat. A la derecha el río, lento, demorando su final. El último estertor antes de la metamorfosis, donde mudará la piel. Ahora lo salado, antes fue dulce. Declina también el sol y la performance es de una belleza abrumadora. El viento mece los juncos y la mirada se pierde en el confín, donde río, mar y cielo son una línea fina y espumosa en el horizonte. Respiras el instante.

Trialera

  Conocerás de primera mano qué es una trialera. Sentirás cada pedrusco, cada raíz, cada escalón, también la pronunciada pendiente y la imposibilidad de la cuadratura del círculo, cuando te empeñes en meter la bicicleta por esos andurriales, impracticables y no ciclables, cuando tratas de hacer en bici algo pensado para el senderismo. Antes has disfrutado de Miravet, un pueblo que parece sacado de un lago italiano. Pero el refresco estético se agota demasiado pronto, vencido por el esfuerzo. Maldices, reniegas, rebufas y los pinos te replican con pinazas. Tardarás casi una hora en hacer medio kilómetro. No hay marcha atrás.

Thunder road

    Piensas en las motos como en truenos horizontales. Desde el mínimo arcén escuchas los petardazos, en tu lento desplazamiento. Ítaca es Quinto. La N-232 un mar proceloso. El virus de la velocidad los ha contagiado a todos: motoristas y automovilistas. Veinticuatro kilómetros eternos, con un perfil que es un sube y baja, y un viento en contra que convierte el descenso en llano. Ante un paisaje que es un grito: un secarral que te lleva a las tierras palestinas, donde aguzas la mirada buscando los belicosos colonos. Además pinchas. Pero el ruido se mete tan adentro que ni lo oyes.  

Con su todo es ahora, con su nada es eterno...

  El propósito del día es un enunciado matemático. Ir del punto A al punto B, conociendo la hora de partida y la velocidad media. A partir de ahí el azar, los encuentros en el Camino, las conversaciones, las paradas para descansar. También el arte que puebla las paredes. La desconexión también es horaria. El tiempo desaparece. No hay pasado ni futuro. Todo es presente, ahora, ya. Esa sensación queda apuntalada cuando ves la piedra, y un reloj que no se derrite, pues es de piedra. Son las cuatro, o las seis, o las nueve. Siempre es ahora. Sí, no procrastines .