Imaginemos la situación en la que alguien confiesa lo que ha hecho, sin buscar el auxilio de un abogado, para no acogerse entonces a un No me consta o un No recuerdo . O sencillamente: negarlo todo. Supongamos que alguien quiere cantar de plano para que caiga sobre él todo el paso de la justicia, aunque lo pulverice. Imaginemos que esta actitud tan radical, por inédita, la lleva a cabo un cura que hace veinte años abusó de tres niños y para quien el pasado está ahí agazapado, hasta que llama a su puerta. Supongamos que este cura tiene conciencia, que cabe el examen de conciencia y también la contrición, y que pide perdón a sus víctimas. Un perdón que no parece sincero, al menos, en un principio. Hasta que hay algo que lo cambia todo. Lo que para el cura pertenece al pasado y permanece oculto, para las víctimas es algo que llevan tatuado en la piel y en sus mentes. Para ellos nunca prescribirán las acciones del cura abusador, porque las viven y reviven cada día. Por ejemplo, el...