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La mecánica clicista

  Piensas en Philippe Petit, en las desaparecidas Torres Gemelas, precisamente hoy, once de septiembre. Ves el ciclista y lo imaginas como un funambulista. El horizonte es un cable de sesenta metros. Y si el fondo es un cristal ¿por qué el reflejo es tan brumoso como lo son los sueños? El ciclista pareciera pedalear sobre el vacío, dentro de un sueño, en una realidad desaparecida, como las torres. El ciclista, gemelo de sí mismo, no iría de una torre a la otra. Lo piensas estático, las manos en los frenos, a punto de caer, la tinta disolviéndose en las yemas.  

Aldabas

  Picaporte, no es que yo me meta ni me importe, pero si pierdes el norte, no va a haber un dios que te soporte . ¡Cómo no estarle eternamente agradecido al Rosendo por estas rimas tan sencillas como inolvidables! Tocas el frío metal y amagas con llamar, pero te apartas y capturas el instante en una fotografía más, que etiquetas en el breviario del instante para revestirlo de eternidad, antes del Gran Apagón . Ahora estás en la calle de los Ciudadanos y el rostro parece el de un faraón. Los labios se mueven. Te acercas. Picaporte no, aldaba . Retomas tu camino. 

Sitio

  Lejos de la muchedumbre disfrutas de la soledad y del silencio, mientras sientes la piedra bruñida, los cantos rodados bajo los pies. Aquí no entra la luz, apenas el calor. Rozas con las yemas las paredes de arenisca y avanzas por la calle de Manuel Cúndaro. El pasado te habla ahora del sitio de Girona y de su resistencia. Gatos, pájaros, ratones, cuero, incluso corcho frito. Cuando ya no hubo nada comestible que llevarse a la boca, Girona capituló. Asciendes. Alcanzas la muralla, el mirador. Regresas a la luz, al gentío, al calor, a la excitación de un presente atribulado.