Camino
del Aizkorri, por la sinuosa carretera, vimos el Beriain en la distancia.
También la silueta de la Ermita de los Santos Donato y Cayetano, asomándose tímidamente en el lomo macizo, con aspecto de barco o trasatlántico. En el
valle vimos cómo una factoría fabricaba la niebla. O esa era la ilusión
óptica, cuando el vapor de agua de la chimenea se fusionaba con el manto
de nubes.
Dejamos
el coche en el aparcamiento, ya dentro del parte natural Aizkorri-Arratz, tras dejar la carretera comarcal y hacer cinco kilómetros por una pista de hormigón.
Una vez en marcha, en seguida, tras pasar por varias pasarelas de madera llegamos a
la cueva de San Adrián.
La cueva es un túnel natural, que antaño sirvió como vía de comunicación entre la Meseta y el País Vasco. En su interior
el excursionista se encontrará una sorpresa: una ermita. Desde 2015 la cueva es uno de los bienes individuales como parte del Camino de Santiago aprobado por la UNESCO.
Al salir de la cueva y en dirección hacia la cumbre atravesemos un hayedo. También alguna pasarela de madera sobre una sima muy profunda.
A medida que íbamos ascendiendo hacia el Aizkorri la niebla creaba una corona en la cima. A nuestra derecha, el Arratz también estaba velado por las nubes.
Las montañas vascas también mostraban su solidaridad con el sufrimiento del ocupado pueblo palestino. Así flameaba la bandera sobre la cresta caliza.
Hicimos cumbre. Y un chico que estaba por la cima del Aizkorri (peña roja en vasco) practicando trail, y en pantaloneta, nos echó una foto. En la cumbre había una hacha roja inserta en la roja. ¡Cómo no pensar en Excálibur!
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| Los fabulosos Ocho |
¿Quién aprendió más, aquel que subió las ocho montañas y
cruzó los ocho mares, o aquel que subió el monte Sumeru, el centro mismo
del universo? Esta pregunta se hace pregunta Pietro, el protagonista de la película Ocho montañas.
Ayer teníamos pensado hacer Siete cimas en el macizo Aizkorri (el monte más alto de Euskadi, 1.528 metros). Pero visto lo visto. O mejor: no visto lo visto, pues la niebla dejaba un lienzo blanco que borraba todo lo demás, decidimos no seguir por el cordal. Así que ni ocho montañas, ni siete cimas.
Una vez coronado el Aizkorri (nuestro particular Sumeru) nos dimos por satisfechos. Más aún después de almorzar, al resguardo de la piedra y saboreando los deliciosos pimientos rojo con ajitos y el membrillo con nueces de Toño y Mónica. Buenísimo también el chorizo de Joaquín.
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| Todo lo que podíamos haber visto, en ausencia de nubes |
Con las pilas cargas decidimos ir descendiendo, después de avanzar un poco por las faldas del cordal. En la hondonada vimos las bordas, los prados, la luz abriéndose paso entre las tinieblas.
Nos llevó un buen rato alcanzar la llanada, por un terreno que alternaba el pedregal con la zona de bosque; el terreno alfombrado de hojas y piedras húmedas.
En el regreso, antes de cruzar el el túnel de San Adrián, caminamos un trecho por la calzada romana que se dirige hacia Zalduondo.
Antes de finalizar la ruta, sobre las cinco de la tarde, el cielo se despejó.
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| ¡Qué tatachín de señales! |
Alrededor de las cinco llegamos a los coches. Una ruta muy entretenida, con el calvario de las subidas y el calvario de las bajadas. Aliviadas por el paraíso del almuerzo. Disfrutando de unos hayedos, que a falta de hojas, mostraban unos troncos alfombrados de musgos. Una ruta muy recomendable, a pesar de la climatología.
Antes de volver para casa, en el coche, mirando por los árboles por la ventanilla, Margarita me habló de la importancia o del carácter sagrado del muérdago en cultura celta. Hicimos una parada para tomar algo y picotear en la Otzaurteko Benta. Fue un acierto comprar una cuña de queso Idiziabal, ahumado, y poco curado.
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