El húngaro Aladár Kuncz (1885-1931), enamorado de la cultura francesa, devoto parisino, se encontraba en Francia cuando estalló la Primera Guerra Mundial en 1914. No se dio prisa en salir del país (les dieron 48 horas) y acabó confinado en distintos centros penitenciarios. No era una novedad que al estallar una guerra los países en conflicto tomasen a los ciudadanos de los países en guerra como presos civiles. Así le sucedió a Kuncz y a otros tantos compatriotas húngaros, austriacos, italianos o alemanes. Francia (bajo un gobierno democrático, el de la III República) lo hizo otra vez, más tarde, durante la Segunda Guerra Mundial con el medio millón de españoles que cruzaron la frontera huyendo de la muerte, de Franco y sus represalias, y acabaron confinados en campos de refugiados , antesala de los campos de concentración nazis. Kuncz detalla prolijamente, con gran variedad de temas, su cautiverio. Hay algún rayo de luz, como Guillaume, ese sargento francés, panadero...