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Monasterio negro

 



El húngaro Aladár Kuncz estaba en Francia cuando estalló la Primera Guerra Mundial. No se dio prisa en salir del país y acabó confinado en distintos centros penitenciarios. No era una novedad que al estallar una guerra los países en conflicto tomaran a los ciudadanos de los países contrarios como presos civiles, así le sucedió a Kuncz y a otros tantos compatriotas húngaros y alemanes. Francia (bajo un gobierno democrático, el de la III República) lo hizo otra vez, más tarde, durante la Segunda Guerra Mundial con el medio millón de españoles que cruzaron la frontera huyendo de la muerte, de Franco y sus represalias, y acabaron confinados en campos de refugiados, antesala de los campos de concentración nazis. 

Kuncz detalla prolijamente su cautiverio. Hay algún rayo de luz, como Guillaume, ese sargento francés, panadero de profesión (que celebra con Kuncz la Nochebuena en el Monasterio Negro) que nunca ha hecho daño a nadie, que es castigado por una fotografía que se hará con dos presos (profesores alemanes y sus alumnos) y que será enviado al frente, y donde decide no disparar una sola bala de la pistola que tenía en la mano, a sabiendas de que ir a hacer la guerra es ir a morir, pues no moverá un dedo por defenderse ni atacar. Un pacifismo radical.

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