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Garravento, la garra al viento

 

 

De Álvaro había leído parte de su Abisal, libro de zonas y figuras. De aquel ensayo bien puede emerger esta figura garraventesca, aguila convertida en arma blanca, en manos de una mujer que quiere cobrarse su venganza cuando tres blogueros (un escritor, una editora y un corrector y crítico literario), presuntos amigos de su marido Manfredo, publican en sus respectivos blogs, sendas reseñas demoledoras sobre un trabajo del susodicho, titulado Kant y la vida extraterrestre. Si Nietzsche ya gozó de su Anti-Nietzsche, el modesto e ignoto Manfredo, también sera acreedor de su Anti-Manfredo por partida triple. Una crítica adversa puede traer consecuencias imprevisibles, tres son demasiado. Así Manfredo sufre un ictus y se convierte luego en un vegetal. Florinda, su joven mujer gallega, decide tomar cartas en el asunto, y valiéndose de sus conocimientos de la cetrería, lleva a cabo un certero, o cetrero, plan. Eso en teoría, porque la venganza no implica elaborar el crimen perfecto, sino todo lo contrario, porque todo va de mal en peor, de cagada en cagada, y como siempre pasa cuando uno decide hacer justicia, acaban pagando justos por pecadores. La figura de Garravento sobrecoge solo de imaginarla. Casa bien con los parajes gallegos (Malpica, las islas Sisargas), donde se cobra parte de la venganza. El humor es bastante negro, como se explicita en su final. Y todo el entramado teórico cae bien en el capítulo Sapere aude!, ahí sabremos más sobre el ensayo escrito por Manfredo y entenderemos mejor las críticas recibidas. El último capítulo Psicompo Dancing Queen, mezcla la música del palindrómico ABBA, con figuras mitológicas y un final totalmente imprevisible. Aquí nada se resuelve, más allá del buen hacer de la muerte. El frontispicio de Luis Alberto de Cuenca, el soneto dedicado a Garravento, da bastantes pistas sobre el espíritu de la novela.

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