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El redivivo

Salía de poner los pies a remojo en un agua turbia que hurtaba la visión del fondo, agua removida por las cabriolas de los perros que entraban en el río a derecho, sin pamplinas, no como nosotros, e iba ya camino de la toalla cuando una voz me llamó, aunque debería decir Me noqueó, porque el dueño de la misma y en base a unos guasaps que había recibido hacía unos meses, había fallecido. Al verlo tan alto, tan rubio, tan risueño como lo recordaba, pensé en una alteración de la realidad, en la posibilidad de que todo fuera un sueño, que mi mente hubiera creado aquella holografía tan real. No hubo contacto físico ni abrazos ni estrechamiento de manos. Quizás porque tenía miedo de que se deshiciera ante mí, de ser traspasado como si fuera un fantasma. Pero no. Supe que estaba tan vivo como yo. Era el de siempre, aunque nunca seamos los mismos. Recordamos la última vez que nos habíamos visto, hacía cuatro o cinco años en unas piscinas cubiertas, pusimos algunos recuerdos en común de la adol
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Armañanzas

En la fachada de la gran casa   del pueblo, recostados en el segundo escalón,   mi hermano y yo matamos el tiempo   a manos llenas. En días veraniegos como este   cuando el sol de agosto recalienta   nuestras pequeñas cabezas de niños   despreocupados, ganados por el furor homicida   vemos los ires y venires de hormigas   enloquecidas buscando una salida   a los charcos de saliva. En el umbral,   una mano a los ojos, la sombra alargada,   el luto de una ausencia,   nuestra abuela Petra nos sustrae   al exterminio y dispone cincuenta pesetas   en el nido de nuestras inquietas manos.   A la carrera bajamos la cuesta   hasta la tienda de la Calixta   pedimos flashes de naranja, fresa,   así llegan también ahora los recuerdos   desde aquel paraíso   que no lo parecía entonces.

El paseo

Paseo, próximo al río zigzagueante, por la estola de tierra oscurecida y blanda, atento a la algarabía e influjo del agua, a su húmedo aliento, al aluvión de colores enramados: verdes, amarillos, rojos, naranjas, ocres; saturan la retina, al quite el capote del pestañeo. Movimiento o sacrificio de horas sin dueño. La mirada posada en el azul cósmico. Los puentes, a vista de dron, parecen atlantes magros, puro hueso. Ese pensamiento.

Noviembre

  El 3 recorre la Gran Vía en la anochecida. Desde la calle, detrás de los grandes ventanales van asentados los viajeros, cabizbajos, cada uno con su móvil fulgurante. Unos van en el sentido de la marcha, hacia lo venidero, otros, en el sentido contrario, hacia el pasado. Tiempo móvil y por tanto ¿intercambiable? En la parada, el presente acariciará brutalmente el rostro del viajero con sus yemas de agua, calándolo luego hasta los huesos, sin el escudo del paraguas, el amparo de un balcón o la tibieza del soportal, en este día frío de noviembre: punto ciego en el calendario.