Cuatro estaciones marcarán los destinos de todos los protagonistas de la película Vermiglio, título que toma su nombre de su homólogo: el pequeño pueblo sito en Val di sole, en el Trentino. Pueblo que hoy cuenta con 1902 habitantes, pero que en 1944 eran muchísimos menos, al haberse vaciado el pueblo de hombres, a consecuencia de la guerra. La historia arranca el invierno de 1944, en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial. En Vermiglio solo restan las mujeres, los niños, los adolescentes y los mayores.
En la lupa de la directora, Maura Delpero, está una familia numerosa, con diez hijos y otros en camino, que integran un pequeño mundo rural, bajo la férula del cristianismo e inserta en una mínima comunidad. Delpero ha realizado dos documentales previamente, también la película Hogar, y la presente película tiene ese aire documental. Aunque la película logra despegarse de lo descriptivo para adentrarse en la ficción, y es ahí cuando entran en juego el destino y el porvenir de los personajes. En escena vemos a la madre vencida por el tiempo después de diez partos y una vida afanosa repartida entre la maternidad y las labores ganaderas y agrícolas; el padre, autoritario y culto, cuyo secreto está contenido en un álbum de fotos donde se acalla el deseo, y el cual no tiene a nadie con quien compartir sus inquietudes culturales y basta erudición (más allá de lo poco o mucho que logra transmitir a su alumnado, en el ejercicio como maestro en el paesino), mientras templa el ánimo con la música clásica contenida en los escasos discos de vinilo de su exigua colección; Lucía, la hija mayor, enamorada de un siciliano que cae por esos lares desertando de la guerra. Las hijas más pequeñas; una purgando su deseo, abocada a la masturbación, con oraciones y flagelos de toda índole y la otra culminando su inteligencia, acudiendo a un internado en donde podrá seguir estudiando. El hijo mayor, a la gresca con su padre, que siempre lo hace de menos, pues no asume que el chaval viva de espaldas a la cultura y se aburra como un hongo, al ofrecerle el pueblo escasas oportunidades de ocio, para un cuerpo en pleno desarrollo físico y mental.
El tono documental con el que Maura describe minuciosamente los pormenores de la familia, los roles de autoridad, los afectos y apegos entre padres e hijos y entre los hermanos y hermanas, dará un acelerón con la llegada del soldado Pietro. Ahí es cuando Maura levanta la cabeza y dispara la historia en otra dirección. Lo hace a través de Lucía. En las comunidades pequeñas el qué dirán es como el aire que se respira. Y cuando a Lucía el esposamiento con Pietro le salga rana pasará a ser el centro de atención, pasto de rumores y maledicencias vecinales, objeto de escarnio.
Es ese punto al que parece querer conducirnos Vermeglio: a la asunción de la maternidad y de su propia naturaleza por parte de Lucía. ¿Cuándo la hija se convierte en madre, no física, sino también mentalmente? ¿Qué vida quiere Lucía para ella y para su hija? ¿Es posible hacerlo en un lugar tan pequeño y tan cerrado, en donde el vasto horizonte no ofrece la anhelada libertad?
Delpero muestra la vida en todo su esplendor y riqueza de detalles. Lo hace sin complacencia alguna, con un tono sobrio y austero. No juzga, solo muestra. Esa dureza nos devuelve al documental. Delpero vuelve la mirada a sus raíces. Su padre era de Vermeglio. Delpero quiere conocerse, saber de dónde viene, quienes le preceden, cuál es su historia. Y la película es su respuesta; mostrada en toda su complejidad.