La presencia de Patapalo altera a todos ellos porque el pasado, si acaso este acaba de pasar alguna vez, regresa de sopetón. Algunos de los torturados han tratado de rehacer sus vidas y eso pasa por olvidar, pero no es fácil para una mente torturada. Hamid lleva años soñando con la pierna de palo del torturador, con las cicatrices de la otra pierna. La novia rememora cómo fue colgada de una soga esperando su muerte durante tres horas, para luego ser violada. Vahid tiene la espalda destrozada por las palizas recibidas. Ahora los torturados tienen la ocasión de vengarse, pero todo son dudas. No olvidemos que tenían los ojos tapados y del torturado oían las voces, los pasos. La película destila un humor sutil, un humor que se alterna con el dramatismo más crudo. No busca Panahi resolver nada, por eso el final es abierto. Aquí hay preguntas, las que se hacen los torturados acerca del proceder de los torturadores, esos hombres que se protegen siempre en el Estado para hacer lo que hicieron, en ofrecerse como meros peones, con la pretensión de burlar su responsabilidad, como si sus actos no fuesen suyos, cuando muchas veces los movían el odio más feroz, y su proceder no era otra cosa que el fruto del ensañamiento, el sadismo y la vileza. Una deshumanización, vista desde fuera, que para los perpretradores de la misma, a toro pasado, no parece nunca tal, encontrando siempre justificaciones para sus acciones. Además, a poco que les atornillan a los torturadores, siempre vuelven a las andadas. No hay arrepentimiento, el lo siento suena demasiado falso y en todo caso los torturadores siempre lamentan no haber exterminado a todos los detenidos.
Quizás la película –dado que aquí hay injusticias cometidas por doquier– no deja de ser la puesta en imágenes de aquel diálogo platónico, el Gorgias, y la conversación entre Polo y Socrates.
POLO.–Entonces, ¿tú preferirías recibir la injusticia a cometerla?
SÓC. –No quisiera ni lo uno ni lo otro; pero si fuera necesario cometerla o sufrirla, preferiría sufrirla a cometerla.

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