Pensemos qué valor le damos hoy a la verdad. Y qué importancia le dan los votantes a las mentiras de los políticos. Una verdad que parece superada por la fe depositada en el político. Cómo se explica si no que Trump: delincuente convicto, mintiendo reiteradamente y a sabiendas, lejos de ser censurado o reprobado por sus votantes y sus compañeros de partido, crean en él (como se cree en un Mesías, o en un Salvador) a pies juntillas, aunque los tribunales y los hechos pongan de manifiesto todas sus mentiras. ¿Hablamos pues de posverdad?
Así lo explica Cristina Olea en su libro La gran fractura americana.
En Washington, el fiscal especial Jack Smith, el mismo que lo imputó por los papeles secretos que se llevó de la Casa Blanca, tecleó por segunda vez «Estados Unidos contra Donald J. Trump». En esta ocasión lo acusaba de intentar subvertir la democracia estadounidense, en aquellos días en que la vimos tambalearse, cuando sus seguidores asaltaron el Capitolio. En su escrito de acusación reconstruye los pasos que dio Trump para mantenerse en el poder durante aquellos sesenta días de desinformación, desde que perdió las elecciones hasta que perdió la batalla por manipularlas. Cuenta cómo Trump intentó engañar a los estadounidenses. Dijo que en Georgia habían votado los muertos, a pesar de que Brad Raffensperger, de su propio partido, le explicó que no era cierto. Dijo que en Pensilvania había más votos que ciudadanos, a pesar de que el jefe del Departamento de Justicia, nombrado por él, le informó de que no era verdad. Dijo que en Arizona habían votado miles de personas que no eran estadounidenses, a pesar de que su propio jefe de campaña lo negó. Dijo que en Nevada habían duplicado decenas de miles de papeletas, a pesar de que los jueces ya lo habían investigado y desmentido. Dijo que las máquinas de votación emitían papeletas falsas para Biden, a pesar de que numerosos recuentos habían demostrado que no era así. Repitió una y otra vez que le habían robado las elecciones, a pesar de que sus propios subordinados le decían que no era verdad. El director de la agencia de ciberseguridad (CISA), nombrado por él, dijo que habían sido «las elecciones más seguras de la historia» y Trump lo despidió. Su vicepresidente le dijo que no podía hacer nada para cambiar los resultados y él lo llamó cobarde, mientras sus seguidores lo buscaban en el Capitolio y gritaban que había que colgarlo. Trump siguió diciendo en público que todo había sido un pucherazo, mientras en privado admitía la derrota. Una asistente que trabajaba en la Casa Blanca lo escuchó decir: «No quiero que la gente sepa que hemos perdido, es humillante».

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