En la película Tres kilómetros al fin del mundo parece cumplirse la máxima Pueblo pequeño infierno grande. Adi, de 17 años, recibe una paliza de dos vecinos. El motivo es la homosexualidad de Adi. Los padres, lejos de ayudar a Adi, apoyarlo y denunciar la agresión tratarán de que esta no trascienda (en el pequeño pueblo rumano donde viven, en el margen del Danubio, que su hijo sea homosexual es un escarnio muchísimo peor que el que fuese un delincuente) y recurrirán, no a la policía, sino a un cura, para que el clérigo sane su alma enferma, llegando incluso a exorcizarlo. El padre de los agresores está muy bien relacionado con las altas esferas y logrará que la agresión no siga la causa judicial, mientras que con el padre de Adi tratará de llegar a un acuerdo para que a cambio de no denunciar a su hijos, le condene una deuda con él contraída. Emmanuel Pârvu, director de la película, muestra en toda su crudeza (basta ver el rostro después de la paliza) toda la inquina hacia Adi desde muchos frentes. Así las cosas y ante la homofobia rampante, la cobardía y falta de empatía de sus progenitores, para Adi solo hay una salida, dejar el pueblo.

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