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Los tortuga (Belén Funes)

 

Si pensamos en el duelo como en una casa con las persianas bajadas y las puertas cerradas, podemos entender el dolor de Delia, a la que la vida arrolla sin poder llevar a cabo el duelo por la muerte del marido, pues toca seguir para adelante, ganarse el pan con el taxi, sacar adelante a su hija adolescente Anabel. El marido de Delia era de Jaén y allí pasarán la Navidad. Delia es chilena y la manera en la que la familia del marido lo recuerda a Delia lo crispa. 
El problema de la vivienda está presente. Los fondos buitre cada día tienen más víctimas a su alcance. Para alquilar un piso en Barcelona, Delia y Anabel necesitan no solo adelantar casi cuatro mil euros, entre los meses de alquiler y de fianza, sino aportar también dos nóminas. Algo que les resulta inasumible. Situación que fuerza la situación de muchas familias, en las que estudiar en la universidad no es una opción para los jóvenes, porque hay que aportar. 
La cara de Delia (interpretada por Antonia Zegers) es un poema. Se manifiesta en el rostro la tensión, la zozobra vital, el desarraigo (cada vez que habla con su hermano y su madre por videoconferencia y le oculta a la madre (aquejada de Alzheimer) la muerte del marido, y por ello sufre), la incertidumbre ante un porvenir incierto y no muy alentador, aunque quiere convencerse de lo contrario. 
 
La escena de la discusión de la madre y la hija en el taxi, los ojos crispados de Anabel, las lágrimas de rabia y tristeza, son también la manifestación de ese dolor y vacío que Anabel siente cuando deja el Sur, a su familia y marcha para Barcelona; el miedo a tener que abandonar el hogar (cuando reciben una notificación para abandonar el inmueble), a dejar los estudios, a madurar a marchas forzadas. 
 
Como la vida misma, en la película queda también abierto y nada se resuelve. De la misma manera que para resolver un problema hay que ponerle cara, cuando Delia diga que se le murió el Julián será cuando pueda empezar el duelo, el camino hacia la aceptación, una pírrica victoria, pero necesaria.
 
Belén Funes (La hija del ladrón) ofrece una película que tiene muchas capas, con un guion que toca muchos temas actuales, con un acercamiento verosímil, donde todo es verdadero y nada impostado. Ahí reside la gran fuerza de esta película crítica, emotiva y combativa.  
 

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