El molino es aire ensimismado, también fuente de energía. Aquí el molino (el que se ve en el cartel promocional) fue el proyecto de un hombre cántabro, Julio, que de la noche a la mañana cogió el trompis y se fue a Alemania con su hija Mayte a ganarse el pan. Por azares de la vida, la hija de Julio es hoy una prestigiosa ingeniera. La empresa para la que trabaja tiene pensado erigir un parque eólico en el valle de su niñez, circunstancia que le permite a Mayte volver a sus orígenes y a su antiguo amor, Jaime, un arisco vaquero (poco tiene este que ver con Firouzeh, una vaquera de raza) que vive junto a su padre (aquejado de demencia) y a quien la achuchada economía lo lleva a querer vender el ganado, dejar el valle y mudarse a la ciudad.
No hay aquí el desgarro de As bestas, al contrario, aquí las eólicas parecen ser la panacea, aunque esto también queda en un segundo plano pues lo que prima es el componente emocional, unos sentimientos tan a flor a piel que caen en lo sentimentaloide.
Algunas escenas están tan pésimamente iluminadas que la oscuridad es tiniebla. El guion es muy flojo y los diálogos es un ir soltando frases hechas sin que los personajes se conviertan en personas y donde el marco (los bellos y duros paisajes cántabros) tengan mayor importancia. Todo quedo perfilado, esbozado y subrayado. La sensación es que la película podía haber sido muchísimo mejor de lo que es, que todo queda por hacer y por cocer, como es pan de media cocción que además peca de soso y resulta insulso al paladar.

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