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El perdón (Maryam Moghadam y Behtash Sanaeeha)

 

En Un simple accidente Jafar Panahi sitúa a un torturador del régimen iraní en manos de los torturados. La pregunta es qué hacer con él. ¿Impartir justicia? ¿Qué justicia? ¿Pasar página? ¿Vengarse? ¿Perdonarlo? 

En El perdón, dirigida por Maryam Moghadam y Behtash Sanaeeha, vemos la sufrida vida que lleva Mina (interpretada por Maryam Moghadam), una mujer viuda con una hija pequeña sordomuda. Al marido, Babak, lo encarcelaron y luego le aplicaron la pena de muerte. El hermano del muerto quiere que su cuñada pasé a ser su mujer y la familia de Babak rema en la misma dirección. Una mujer viuda con una hija pequeña (Bita) y sin marido, en Irán tiene serios problemas. Mina es informada de que su marido fue ajusticiado por error. Era inocente de la muerte por la que fue condenado a perder la suya. En todo caso si la justicia falla se indemniza -en el mejor de los casos- a los familiares de las víctimas. Y si el juez falla nada sucede, porque el ser humano es falible, pero Dios no, y ese error puede reducirse a “Fue la voluntad de Dios”.

Algo parece arreglarse en la vida de Mina cuando después de ser echada de la casa donde vive alquilada, cuando su casero sepa que un hombre que no es un familiar ha acudido al domicilio de Mina. El extraño resulta ser un amigo de Babak. Se presenta con la firme voluntad de ayudar a Mina y a su hija. A Mina los familiares de Babak quieren quitarle la custodia de su hija) Incluso le ofrece un piso en alquiler y esto será de gran ayuda para Mina, pues una mujer sola en la patriarcal sociedad de Irán tiene los mismos problemas para encontrar un piso que los drogadictos o alguien con mascotas. 

Lo más sorprendente para Mina es que ese hombre tan solícito no quiera nada a cambio, que no haya detrás ningún motivo que le anime a actuar así. Pero el espectador sabré pronto qué es lo que sucede. Mina tardará más tiempo en descubrirlo. El perdón reflexiona tanto sobre las víctimas de un sistema judicial instaurado en la pena de muerte como sobre los jueces que no están cómodos con impartir penas de muerte, máxime cuando son conscientes de haberse equivocado. Ese malestar crea en la sociedad una atmósfera enrarecida, asfixiante, mortecina, gris. Y el final se bifurca en dos direcciones. A fin de cuentas solo hay dos caminos: el perdón o la venganza. O uno intermedio: la asunción de lo sucedido como irremediable. A menudo la manera de despachar ciertos asuntos, también la responsabilidad de los actos es ¿Alguien tiene que hacer este trabajo, no? Así los jueces. Una pieza fundamentel del engranaje del Leviatán estatal.

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