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La bola negra (Javier Ambrossi, Javier Calvo)

  La bola negra es la sentencia que cae sobre Carlos, joven que quiere entrar en el exclusivo Casino granadino. El no por homosexual. Luego estalla la guerra civil. Sebastián está en el bando nacional. Capturan a Rafael, republicano. Ambos se atraen. El primero cuidará del segundo, malherido. Es el amor aquí la divisa universal, en un contexto de muerte, barbarie y destrucción. Rafael fue amante de Lorca y sus palabras dan alas al espíritu artístico de Sebastián, avivado con la llegada de las cupletistas. En el tiempo presente Alberto, nieto de Sebastián, inicia un viaje exterior e interior que le permitirá entender mejor su pasado. Negarse a uno mismo es negarse la vida , oímos en un diálogo. Cantaba Iniesta Quiero oír alguna canción que no hable de sandeces y que diga que no sobra el amor, y que empiece en sí, no en no . La bola negra es un sí rotundo, una espléndida afirmación fílmica sin menoscabo.

Credencial

  Hubo un tiempo en el que la credencial del peregrino era un salvoconducto que garantizaba a su portador protección, comida y alojamiento. Hoy sigue siendo requerida en los albergues públicos y parroquiales. Y viene a ser la versión analógica del selfi, pero sin rostro: yo estuve aquí y cuándo. Ante el aluvión digital la certeza del papel. Pero ojo, ya está aquí la credencial digital, cuando uno de los alicientes del camino es convertir el sellado en búsqueda y posterior registro. No hay dos sellos iguales, ni en color ni trazado. Piensas en todos los sellos que todavía restan por delante.

La mecánica clicista

  Piensas en Philippe Petit, en las desaparecidas Torres Gemelas, precisamente hoy, once de septiembre. Ves el ciclista y lo imaginas como un funambulista. El horizonte es un cable de sesenta metros. Y si el fondo es un cristal ¿por qué el reflejo es tan brumoso como lo son los sueños? El ciclista pareciera pedalear sobre el vacío, dentro de un sueño, en una realidad desaparecida, como las torres. El ciclista, gemelo de sí mismo, no iría de una torre a la otra. Lo piensas estático, las manos en los frenos, a punto de caer, la tinta disolviéndose en las yemas.  

Aldabas

  Picaporte, no es que yo me meta ni me importe, pero si pierdes el norte, no va a haber un dios que te soporte . ¡Cómo no estarle eternamente agradecido al Rosendo por estas rimas tan sencillas como inolvidables! Tocas el frío metal y amagas con llamar, pero te apartas y capturas el instante en una fotografía más, que etiquetas en el breviario del instante para revestirlo de eternidad, antes del Gran Apagón . Ahora estás en la calle de los Ciudadanos y el rostro parece el de un faraón. Los labios se mueven. Te acercas. Picaporte no, aldaba . Retomas tu camino.