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La vida libre de McEnroe


Recuerdo bien los berrinches que se pillaba McEnroe en la pista de tenis, así que la primera vez que escuché al grupo vasco homónimo pensé que hallaría en él la misma furia del tenista. Sin embargo, nada de esta rabia hay en la música del grupo. Al contrario, cuando pienso en huir del mundanal ruido, a falta de prados verdes, montañas y ovejas contemplativas, como la presente en la portada de su último disco (el octavo), me sumerjo, como el que se da un baño,  en las cálidas canciones y letras de McEnroe, obra de Ricardo Lezón. Su voz suave me reconforta, tanto como las melodías a cargo de unas guitarras nada estridentes. No es un relámpago, más bien un temblor el que me recorre mientras McEnroe me lleva y trae del pasado, a las verbenas, a los casetes, al mundo velado detrás de los cristales del coche empañados; a un mundo sencillo al que a uno le gustaría volver aunque fuese solo por una vez. Suena muy bien La vida libre
 
 
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