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Monasterio negro (Aladár Kuncz)

 



El húngaro Aladár Kuncz (1885-1931) se encontraba en Francia cuando estalló la Primera Guerra Mundial en 1914. No se dio prisa en salir del país y acabó confinado en distintos centros penitenciarios. No era una novedad que al estallar una guerra los países en conflicto tomasen a los ciudadanos de los países en guerra como presos civiles. Así le sucedió a Kuncz y a otros tantos compatriotas húngaros, italianos y alemanes. Francia (bajo un gobierno democrático, el de la III República) lo hizo otra vez, más tarde, durante la Segunda Guerra Mundial con el medio millón de españoles que cruzaron la frontera huyendo de la muerte, de Franco y sus represalias, y acabaron confinados en campos de refugiados, antesala de los campos de concentración nazis. 

Kuncz detalla prolijamente, con gran variedad de temas, su cautiverio. Hay algún rayo de luz, como Guillaume, ese sargento francés, panadero de profesión (que celebra con Kuncz la Nochebuena en el Monasterio Negro) que nunca ha hecho daño a nadie, que es castigado por una fotografía que se hará con dos presos (profesores alemanes y sus alumnos) y que será enviado al frente, y donde decide no disparar una sola bala de la pistola que tenía en la mano, a sabiendas de que ir a hacer la guerra es ir a morir, pues no moverá un dedo por defenderse ni atacar. Un pacifismo radical.

Kuncz encontró en la lectura un salvavidas a su confinamiento. Si uno consigue enfrascarse, sumergirse en la lectura, la vida entonces se hace más llevadera y el tiempo queda en suspenso. La realidad y la ficción se funden, cuando los personajes de ficción tienen más vida que los reales. Kuncz da cuenta de la lectura a las novelas Guerra y Paz o el Quijote. Lecturas que abundan también en lo filosófico cuando recorre la obra de Nietzsche, Platón o Bergson.

Recibirán en el Monasterio Negro la visita de un perro: Loló. Todos lo querrán y su muerte causará un dolor irreparable en los presos. Reverdeciendo en ellos su naturaleza más humana.

Más tarde Kuncz será movido a la ciudadela de la isla de Yeu. Antes de su traslado al Monasterio negro había pasado unos meses en Périgueux. Después de tantos meses de cautividad el traslado supondrá un mazazo para su ánimo. No obstante, en cada resquicio Kuncz y sus compañeros encontraron un resquicio de esperanza. Las lecturas serán otra vez la tabla de salvación (Kuncz sigue leyendo en otros idiomas atacando incluso las obras de Homero, en griego), y lo que es más, incluso el teatro será entonces un balón de oxígeno. La representación de las obras, el tiempo dedicado a prepararlas, aguzará el sentido estético de Kuncz. Además el profesor Herz se erigirá como una deidad en el cautiverio. La feminidad de Herz le da a Kuncz para reflexionar acerca de la genialidad y el instinto femenino. Los cautivos vestirán como mujeres para interpretar los papeles femeninos y Herz lo hará de tal manera que todos, al verlo sobre el escenario, verán a una mujer, y el efecto será devastador sobre todos ellos. Verán una mujer, también a una madre.     

Mientras, los meses pasan y en 1917 entran en juego los americanos. No sabe Kuncz que sucederá entonces, hacia dónde se decantará la guerra, quién resultará vencedor. En todo caso solo sueñan los cautivos con la paz que ponga fin a la guerra, después de tantas matanzas inútiles. Algunos de ellos lograron una libertad, efímera, al ir al frente, con la Legión extranjera francesa, (para luchar bajo bandera francesa) muriendo al poco de llegar al frente. Carne para la picadora que cantaba La Polla Records

En 1918 finalmente llega el ansiado fin a la guerra con la firma del armisticio, el 11 de noviembre de 1918. Curiosamente las puertas de la ciudadela de la isla de Yeu no se abren de un día para otro, pues Kuncz y el resto de los presos han de pasar todavía más de seis meses hasta su liberación. Después de tantas penurias y sufrimientos, han de sufrir todavía otra prueba más como en una yincana macabra donde los cautivos van atravesando los distintos círculos del infierno dantesco con la llegada de la peste española, la cual se cebará con los presos, ultimando a muchos de ellos. Pero Kuncz sobrevive. Deja, no obstante, su estado anímico en modo avión. Ya no recibe datos, ni quiere leer ni ensoñarse en ficciones (no quiere seguir leyendo Las florecillas de San Francisco de Asís). Su alma queda en suspenso, el corazón late por inercia.   

Un buen día las puertas de la prisión se abren y comienza el periplo (que me recuerda a la odisea de Primo Levi para regresar a Italia tras su liberación en el campo de concentración de Auschwitz detallado en La tregua). La novela acaba con la palabra cautiverio.  

Una novela monumental y espléndida, editada por KrK, traducida por Eva Cserháti y Antonio Manuel Fuentes Gaviño con introducción de Ricardo Menéndez Salmón.

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