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Muerte entre las flores

 
Foto generada con IA

Después de acabar de ver el documental Flores para Antonio me fui a la cama. A medianoche tuve un sueño. Donald Trump estaba en un mitín. Costaba renocerlo con el pelo moreno. La piel ya no tenía el característico color de los Cheetos, sino un color moreno de playa, natural. Sin embargo, la voz rasgada sí era la de siempre. Los circunstantes aparecían difuminados, oníricos y apenas distinguía en ellos las gorras rojas sobre sus cabezas. De repente se hizo el silencio. La solemnidad se hizo dueña del éter. Esperé entonces escuchar el himno americano, sin embargo, las palabras que sonaron no eran en ingles, sino en un perfecto castellano. Trump había hecho subir al público al escenario, un mínimo atril, y en los altavoces, con un estruendo mucho mayor que el de las trumpetas de Jericó, sonaron los acordes de una canción. Trump con la destreza de un Bad Bunny cogió el micro y cantó prometo ver la alegría, escarmentar de la experiencia, pero nunca, nunca más usar la violencia, barachururuchuru barachururuchuru barachururuchuru...

De repente, en la camisa blanca de Trump había nacido una rosa de sangre, tres orificios formando un triángulo perfecto, la geometría de la barbarie, la mácula de la violencia, la imposibilidad del pacifisimo... todo eso pensé antes de despertarme sobresaltado, sudando sobre el colchón, cubierto de pétalos de desazón.

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