El Camino o lo ambulatorio en la escritura. Apuntes a vuelapluma. Por ejemplo, en Pamplona, el eguzkilore (flor del sol) que en otros pueblos navarros se coloca en las puertas de acceso para proteger el hogar de las influencias negativas, se convierte aquí en el restaurante La Vieja Iruña, en una alcachofa frita con un pan anisado, espuma de chocolate, yema trufada con naranja sanguina, acompañada con un caracol de foie. Pincho que merece ser degustado, paladeado, para que la explosión de sabores haga trabajar las papilas gustativas.
También en Pamplona, al ver un reloj en cuenta regresiva, pienso en el fin del mundo, Trump mediante. Pero no, resulta ser el tiempo que resta hasta al comienzo de los San Fermines.
El ser humano siempre anda anticipando el futuro, abrumado por el pasado y sin asimilar el presente.
El Camino es hablar de la comunión con el paisaje y la naturaleza. A medida que el cuerpo avanza este se irá habituando al cansancio, a la fatiga diaria, a la cruz de la pesada mochila en la espalda.
Un continuo sube y baja por las empinadas rampas, algunas con más de un 30% de desnivel.
La pregunta es saber cómo responderá el cuerpo: qué pasara con la continua fricción de los pies y el nacimiento de las ampollas (aquí O. tendría mucho que decir) o la manera en la que los músculos se harán notar: los gemelos, por ejemplo, a medida que se vayan alternando los escasos tramos de carretera, con las pistas forestales, o con los senderos estrechos en los que solo cabe una persona, o bien por caminos alicatados con losetas de piedra, o incluso por antiguas vías romanas.
Las marcas del camino en los pueblos que atraviesa son evidentes, en forma de lienzos, esculturas, o performances.
Resulta muy proteico el Camino, y mientras avanza el caminante, el paisaje cambia. Al ascender a la cumbre del Alto del Perdón, hay una vista privilegiada, panóptica, de 360º. En una dirección, hacia el origen de la etapa, Pamplona y detrás los Pirineos; y en la otra se alcanza a ver el destino de la misma: Puentelarreina.
En un estrecho sendero recibirá el peregrino o viajero o deportista el abrazo espinoso de las zarzamoras. La mirada se demora luego, en campo abierto, sobre el trigo ondulante. No faltan tampoco los muchos bosquecillos, poblados de robles o hayas que agitadas briosamente por el viento bailan en una danza que intimida al paseante, allá abajo sobre el terreno. También concursan los pinos, los bojs, los acebos y como es primavera, la florida estación se enseñorea en un sinfín de vívidos colores.
Pero lo que predomina en el paisaje es sobre todo el verde, colonizando cada rincón de la mirada. A finales de marzo, por el norte, el calor no acaba de hacerse notar y se mantiene el frío, el viento y la tímida lluvia, que no pasa de ser un calabobos, y luego, el consecuente arcoíris.
Presente está, a la salida, la nieve en Roncesvalles, donde dará comienzo (el kilómetro cero del Camino de Santiago está en Valcarlos, doce kilómetros antes) esta ruta de cuatro días y un monto de casi cien kilómetros.
El Camino es su gente. El albergue su ágora. ¿Qué nos sitúa en el Camino? Una mexicana se ve haciéndolo porque su novio leyó un libro sobre el Camino y le picó el gusanillo y la arrastró en su delirio, maldiciendo luego ella ante tanta pendiente, en el trecho que caminamos juntos, a la salida de Villatuerta. Otros muchos peregrinos van haciendo el yoyó, menguantes en cada etapa, en cada parada. Sin embargo, bastará un leve movimiento de cabeza o un simple Buen camino para formar parte del mismo.
¿Qué habrán visto los vecinos de los pueblos del camino para plantar una señal como esta?
A la salida de Zubiri (el pueblo del puente) la tierra es eviscerada, al aire libre terraplenes de magnesita. A la vista un paisaje industrial, chirriante. Antes, el magnetismo del agua del Arga bajo los dos ojos del precioso puente de piedra de la Rabia.
Y no nos olvidemos del persistente sufrimiento del pueblo palestino, nos dice el comprometido arte urbano en las calles de los pueblos navarros por los que pasa el Camino.
Sorprende también ver, en algunos recodos de las sendas, las cruces en el camino, las fotos de los difuntos, las palabras amorosas de sus seres queridos.
Cuatro días son más que suficientes para dejar plantada la semilla en el organismo. Así, quizás en un futuro, brote en diferido (pensemos en el bambú) el entusiasmo, y el camino pueda completarse entonces sí en su totalidad.
Y sin que haya transcurrido mucho tiempo desde este escrito, el 19 de abril, mezclando lo gastronómico con lo viajero, surgió la posibilidad, que se materializó, de ir de Logroño a Viana andando, para comer allí en un restaurante y regresar caminado.
De este manera pudimos hacer los diez kilómetros que median entre Viana y Logroño (la mitad de la etapa entre Torres del Río y Logroño) siguiendo el Camino de Santiago. Un recorrido agradable, sin apenas desnivel, que ofrece momentos de sombra, cuando se camina bajo la sombra de los pinos. Agradable es la vista de Logroño con las torres de la Redonda, la aguja de Palacio, el Puente de Sagasta... antes de llegar al cementerio y los huertos urbanos. Y también la contemplación, a nuestra derecha, tanto del León dormido como de la Sierra de Cantabria.












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