Ciudad sin sueño es un poema de Lorca.
Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan.
Aquí hay iguanas, objeto de mercadeo. También de un tiempo abolido, en la Cañada Real madrileña. Donde antes había ovejas ahora hay camellos, fluye la droga. Allí vive el gitano Toni, a sus quince años, ocupado junto a su abuelo en la chatarra. A su vera un perro flaco, un galgo, un rocinante sin caballero. Las excavadoras entran a saco en la Cañada y como en el cuento de los tres cerditos caen las casas como si fuesen de paja o de barro. ¿Qué puede oponer el ladrillo o la uralita al empuje del brazo de acero, a la bola de demolición?
No es sueño la vida. ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!
¿Qué es aquí la vida? ¿Una pesadilla? ¿Un horizonte romo? ¿Un porvenir que no viene? ¿Una tragedia griega con todas las de la ley?
Toni tiene un amigo magrebí, su único amigo, que se va a mudar. Toni tiene una familia que quiere dejar la Cañada para irse a vivir a un piso en Madrid. En la Cañada, como afirma su madre con buen tino, pasan frío, no hay agua, ni luz y los niños enferman sin que haya un centro de salud cerca. Todo es muy precario. Pero el abuelo de Toni, al igual que las abuelas, se niegan en redondo a moverse, y si los sacan de allí será con los pies por delante. Porque aquel paraje desolado y árido (al frente el Cañón de Vallecas) es su trozo de paraíso, paramera donde ofician su libertad. Eso piensa el abuelo, también las abuelas.
Toni recorre la Cañada y sus ojos son para el espectador la posibilidad de ver la Cañada Real por dentro; una realidad que escuece. Según la Cruz Roja viven 6.000 personas en la Cañada, 1.800 son niños. Habría que preguntarle a Toni si el paraíso es la infancia o no. A su manera, el niño, o adolescente, o adulto, porque su experiencia aquí avanza a arreones, es feliz y despacha cierta alegría y risas.
Debuta Guillermo Galoe con una película tan realista como poco complaciente. Los ojos de Toni son la mirada documental que regala al espectador. La realidad vemos que es múltiple y proteica. El cine funciona aquí como un arma social, mientras las leyendas, los cuentos a la lar de la lumbre, humedecen el terruño, y los colores de los pájaros ofrecen algo de luz. Pero... el niño que enterraron esta mañana lloraba tanto que hubo necesidad de llamar a los perros para que callase.

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