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Bardenas. Ruta circular polígono de tiro

Merece la pena darse una vuelta por el Parque Natural y Reserva de la Biosfera de las Bardenas Reales (en su día pertenecieron a los Reyes de Navarra, con una extensión de 42.500 hectáreas). 

Fuimos con el coche hasta el pueblo de Arguedas. De allí, nos dirigimos con la bicicleta, primero por la carretera y luego por las pistas, hasta la entrada al parque. Allí dio comienzo una ruta circular que consistió en hacer el perímetro del polígono de tiro: un total unos 32 kilómetros. A los que hay que añadir otros 20 kilómetros (ida y vuelta) entre Arguedas y el comienzo de la ruta. En total 50 kilómetros. El recorrido fue por La Blanca Baja.

Afortunadamente, la temperatura no subió de los veinticinco grados y soplaba un viento fresco que a medida que avanzábamos, girando como las agujas de un reloj, nos daba de lado, de frente o por detrás. 

La primera figura que vimos fue el cabezo de Castildetierra. En lugar de tener la terminación en punta, su forma recuerda a la de un martillo.   

Próximo al cabezo de Castildetierra se encuentra la escultura al segador.

Sí vimos algún campo de cereal, aunque predominaba el terreno desértico. Antes de acceder al parque sí que vimos grandes extensiones inundadas, donde se cultiva el arroz, como el de la marca El Alcaraván.

 

 
Además de los cabezos, las bardenas ofrecen toda clase de formaciones geológicas. Algunas ofrecen el aspecto de una meseta. En el exterior se aprecian las cornisas y salientes, que a veces se desploman por el efecto de la gravedad, como tuvimos ocasión de ver cerca del cuartel que hay en el polígono de tiro.


Un horizonte infinito

Vimos algo sobre la arenisca y no supimos qué era hasta que nos acercamos bastante. Era un zorrillo que apenas se movía. Estaba flaco y seguramente hambriento. Sobrevolando vimos los buitres leonados. 

Nos sorprendió ver un martes no feriado en Navarra a tanta gente circulando en coches, motos y autocaravanas por las pistas. En su mayoría eran franceses, pero también había belgas, holandeses y alemanes. En menor medida, españoles y apenas cuatro ciclistas. 

Algún flipao debía de pensar que estaba disputando el Rally Dakar, pues iba todo enchufado, a una velocidad exagerada, levantando a su paso levantisco nubes de polvo y tierra, que indeseadamente hubimos de mascar.

Finalizada la ruta por el polígono de tiro fuimos  a tiro hecho a comer, donde habíamos dejado el coche, en Arguedas. Comimos en el Bar Navarro, en una mesa en el exterior, entre sol y la sombra. Pedimos el menú: 20 euros. Las raciones fueron generosas, las pochas (véase las dimensiones del plato sopero; incluso se nos dio la oportunidad de repetir, y a fe mía que repetimos) estaban deliciosas, las chuletillas de cordero también. Los postres (tarta de queso, flan y crema catalana) eran caseros. Todo regado con agua, gaseosa y un vino de rioja, un crianza de Alfaro: Finca Besaya. Muy bien. Un restaurante muy recomendable.   

Pochas en el bar Navarro
 
Con el estómago lleno dimos una vuelta por el pueblo. Vimos la imponente figura de la iglesia de ladrillo de San Esteban y para casa. 
 
 
Iglesia de San Esteban
 


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