No se quede parada en medio, señora. No ves la iglesia ni la plaza. A pesar de su fino talle. Tratas de moverla con delicadeza y el tacto te devuelve el frío del metal. Reparas en las ondulaciones del vestido. En sus ojos no ves un mar en calma, sino un sentimiento que pugna por brotar. Ingenuo de ti crees que en su mano tiene una novela, hasta que caes en la cuenta de que es un misal. Sigues el escrutinio. La cruz en el cuello, los pendientes son lágrimas. Tienes una intuición. Los ojos están humedecidos, como las fuentes.

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