Estamos en Corea del Sur. Man-su, de mediana edad, ha perdido su puesto de trabajo en una empresa papelera, y sin trabajo, llorando por los rincones de su casoplón, su tren de vida es ahora un tren de mercancías en vía muerta. Por eso se siente como Superman cuando lo exponen a la Kryptonita: como un guiñapo. Y así pasan las semanas y los meses y la única manera que Man-su cree que tiene de salir adelante, pasa por llevar a cabo un maquiavélico plan que sacará a la luz su diabólica naturaleza. Podrá alegar, acogiéndose al título de la película, para justificar sus acciones, lo típico: que No hay otra opción. Y que si quiere ese puesto de trabajo, para que su familia siga viviendo a cuerpo de rey, ha de hacer lo humano y lo inhumano para conseguirlo. Un objetivo en todo caso incierto.
De esta manera la película se adentra por terrenos que mezclan el thriller con situaciones tan absurdas como gore, donde la historia irá dando tumbos, sin orden ni concierto, con una lógica interna tan extraviada, que lo mismo vemos una cosa que su contraria, sin que el resultado final chirríe mucho. Quizás porque cuando se cruzan tantas líneas rojas y la deshumanización es completa, ya no hay vuelta atrás, y la bajada a los infiernos podrá ser más o menos acelerada, pero una vez ahí instalado, Man-su será capaz ya de tragar con todo lo que le echen, incluso con una empresa papelera, que elabora papel, y esto recuerda a lo analógico, pero donde, sin embargo, todo —menos él—, es robótico.
Esas paradojas.

Comentarios
Publicar un comentario