The
quiet girl (rodada en gaélico) pone de manifiesto lo distinto que será nuestra vida según la
familia en la que nazcamos. Tendrá ocasión de comprobarlo la niña irlandesa Cáit.
A comienzos de los ochenta, cuando su madre va a tener otro niño más, en una familia ya numerosa, la envían con
unos familiares a pasar el verano. El padre es un tarambaina, y lo poco que
gana lo pierde en apuestas. Cuando deja a su hija con los parientes lejanos, se
marcha con la maleta de la niña en el coche. Así Cáit está con una mano delante
y otra detrás. Cáit a los nueve años es una niña introvertida, parca en
palabras e invisible para los demás. Su nueva familia la trata con cariño, si
bien la convivencia es un proceso gradual y ahí reside el magnetismo de la
película, sustentada en la espléndida interpretación de la jovencísima actriz Catherine Clinch.
El matrimonio tiene un secreto que luego aflorará, el cual explicaría
el comportamiento más huraño de Seán (en un principio) porque quizás la manera
de no sufrir pasa por no comprometerse, por no querer.
Sin embargo Eiblín se desvive con Cáit,
en cada gesto, palabra, o caricia. Y le demuestra su afecto y Cáit no es impasible
ante todo esto.
Como la flor falta de agua o de luz, Cáit pelecha, resplandece,
se abre al mundo y participa como resultado de los cuidados que recibe
por parte de Eiblín, y más tarde de Seán. Son los inevitables (pero episódicos) resultados del bien querer.
Una película demoledora, ejemplar en su sencillez, radical en su humanidad.

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