El Estado del bienestar sueco es
frío como un témpano de hielo, acerado como un bisturí, gris como los cielos
escoceses. Finalmente, al igual que los insectos que van buscando el fanal, y la luz,
así hará también esta familia rusa: buscar la luz, el sol, las canciones, el tacto y el
contacto, el abrazo, su lengua madre, las palabras, el calorcillo del hogar, y una incipiente alegría
que lucha por brotar y manifestarse.
Todo ello se resume en la palabra esperanza,
hermanada con otra: dignidad. Así la vida en pausa puede de nuevo ponerse en
marcha, salir del letargo, abrazar la primavera, y en definitiva: la vida. Un plausible ejercicio de resiliencia.
La burocracia y la empatía son
rectas paralelas. Lo comprueba una familia rusa solicitante de asilo en Suecia. El estado
sueco les ofrece una casa, escolarización para las hijas…, pero cuando llega la
hora de la verdad, no encuentran motivos suficientes para concederles el asilo.
Antes de ser deportados, las dos hijas sufren un desvanecimiento que les
llevará al coma. Lo que permite alargar su estancia en el país sueco. Al
parecer son muchos los niños de familias emigrantes a otros países los que
sufren este síndrome. A saber qué han visto y sufrido, qué clase de imágenes, sueños, pesadillas y
recuerdos pueblan sus tiernos cerebros.

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