La memoria como motor narrativo, también como búsqueda. Así en películas como Trenque Lauquen o en la más reciente El agente secreto, donde el hijo del protagonista (asesinado) responde a una investigadora, Sabes más cosas de mi padre que yo. A medida que pasa el tiempo y este va haciendo su trabajo, la memoria se vuelve más nebulosa, hasta convertirse en un gas.
En la novela de José Ángel Cilleruelo (novelista, cuentista, poeta, traductor y crítico literario), Al oeste de Varsovia (Fundación José Manuel Lara, 2009) nos situamos, de entrada, en 1939. Los alemanes han tomado Polonia y cuando llegan a un instituto ubicado en la ciudad de Zielona Góra, fronteriza con Alemania, asesinan sin miramientos a un docente que les planta cara y les insulta: Cezary Ciéslak.
Digamos que la novela consiste en saber quién fue el tal Ciéslak, ¿por qué sus compañeros sin muchos quebraderos de cabeza decidieron enterrarlo en el sótano del instituto, haciendo pasar el crimen por un robo?
Una joven que mantuvo una relación con un nieto de Ciéslak tratará de saber más de este profesor de literatura que llegó a publicar un libro de poesía. La novela es pues una búsqueda y la recuperación de la memoria. Un texto que se sirve fragmentado, o astillado, buscando el contrapunto entre el pasado y el presente.
Un presente en el que Polonia iba a entrar en la Unión Europea y no parecían las autoridades locales muy
interesadas en remover el pasado, por si esto tuviera que llevar a reconocer su
afinidad o colaboración con los nazis.
Que hubo polacos como Ciéslak dispuestos a llamar a los nazis por su nombre y a no dejarse avasallar no parece que tenga mucho recorrido, ni hace 20 años y mucho menos ahora. Con la ley del holocausto aprobada en Polonia en 2018 se considera delito que alguien, aparentemente en cualquier lugar del mundo, acuse a la “Nación polaca” de complicidad en crímenes cometidos por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.
El escritor es aquí y ahora el demiurgo que permite a la narradora, gracias por ejemplo a la bacante Tamara conocer datos sobre la vida (sexual) de Ciéslak. Así un trío sexual. Como decía al comienzo, vaporosa es la memoria. De tal manera queda plasmada la figura de Ciéslak (me quedo con ganas de leer alguno de los poemas escritos por Ciéslak, que la narradora tiene la suerte de encontrar en una librería de viejo. Unos poemas que hubieran servido, quizás, como autobiografía), como el vapor de agua sobre un espejo que se borra con la temperatura ambiente.

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