Ayer Vida y Montaña fue buscando la montaña, pero también el mar. Es curioso cómo, ya comenzada la primavera, a la altura de Pamplona, si uno se desvía hacia Belagua, encontrará todavía suficiente nieve para hacer una disfrutona jornada con raquetas. Pero también, si uno se dirige hacia San Sebastián y luego hasta Lezo, disfrutará de una jornada primaveral, bajo un cielo esclarecido y con una temperatura perfecta, que invita a ir en camiseta y a tomar el sol. Hicimos una parada al ir y al regresar por la autopista, en el Restaurante Pagozelai, donde nos ensartaron. Por ejemplo, 4,95 euros por un botellín de 1/3 de cerveza tostada sin alcohol.
Superado el alto de Jaizkibel dejamos el coche en un aparcamiento, junto a un mirador emplazado al lado del Torreon IV de Santa Bárbara. De allí hay unas bonitas vistas de Hondarribia.
Iniciada la ruta caminamos por una pista ancha para luego internarnos por un bosque, tras el ascenso y una breve pausa fuimos descendiendo hacia la costa.
En lugar de arena fina encontraremos aquí majestuosos bloques de piedra y profundas grietas. Para descender, en algunos momentos, dispondremos de cuerdas y cadenas.
El excursionista que no vaya avisado se verá zarandeado por un despliegue de colores impactante a medida que nos aproximemos al valle de Labetxu, también conocido como El valle de los colores. El paisaje se convierte aquí en un lienzo en el que la madre Naturaleza durante millones de años ha ido dando forma a las rocas, a la tan maleable arenisca, creando oquedades u ondas, o las formas que podamos concebir.
Colores muy variados, que van del ocre al color crema, pasando por el blanco, el rojo, el naranja, el rosa o el amarillo. A pesar de llevar aquí tanto tiempo es curioso ver cómo al posar la mano en la roca ésta se deshace, dejando un polvillo en la palma de la mano, tiñéndola de amarillo. Vemos cómo aquí lo efímero se hace eterno o viceversa.
Quizás porque como enunciara en su día Platón:
El tiempo es la imagen móvil de la eternidad.
La pregunta ¿El arte imita a la naturaleza? queda contestada.
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| El enigma del deseo, de Salvador Dalí |
Mientras caminamos por El valle de los colores no dejaremos de oír al mar batir contra las rocas, con una siástole y diástole sonora que nos acompañará luego por nuestro deambular por encima de grandes formaciones rocosas que transmiten una poderosa sensación de fragilidad, tal que encaramado en la roca uno piensa que puede disolverse, como un azucarillo en el café, en cualquier momento.
La geología pone ante nuestros ojos una gran grieta.
Después seguimos ascendiendo y descendiendo por estrechos senderos muy verticales.
Veremos rocas seccionadas por la mitad, o vaciadas. El interior no será liso y aunque la geometría no sean aquí hexágonos perfectos, su aspecto recuerda mucho a una colmena. Hay quien, quizás por la hora que es ya, habla de callos, de las tripas de un cordero.
El reino animal se manifiesta con unas cuantas vacas que buscan el amparo de la roca. Inevitable no pensar en un pesebre.
Y bien sabemos que no se pueden poner puertas al campo. Pero nadie habló de poner ventanas al mar ¿no?

Una ruta maravillosa por Jaizkibel que permite ejercitar el cuerpo tanto como alimentar el espíritu, gracias al despliegue cromático y geológico que la Naturaleza ha puesto a nuestra disposición, para nuestro gozo y disfrute.
ⓒ Fotos Vida y Montaña
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