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El eterno no retorno

Odiseo la había echado larga. Penélope pensó en una escapada breve. No era la primera vez que Odiseo cogía el trompis y desaparecía unos días por cualquier nimiedad. Cuando pasaron dos décadas y Odiseo no regresó, comenzó a preocuparse. Estaba hasta el moño, plateado por las canas, de tejer y destejer aquella tela convertida en sudario, para mantener a raya a todos los pretendientes. Su única esperanza era el regreso de su amado, si aún lo seguía siendo. Albergaba ya ciertas dudas razonables. 

Amor a lo lejos, amor de pendejos, había oído en una telenovela venezolana. Estuvo muy de acuerdo. Frente al espejo vio su pecho caído, la carne fláccida de los brazos, las pantorrillas con estrías, los efectos del reciente ictus. Le gustaría ver la cara que pondría Odiseo al verla, al que él llamaba en la intimidad y entre gorjeos llamaba cariñosamente pichona.

Cuando finalmente Odiseo-Pichón regresó al nido, pasada la medianoche, ella había dejado los audífonos encima de la mesilla, la dentadura dentro de un vaso de agua, encima del cuadernillo de crucigramas, la peluca sobre la cómoda y se había tomado un par de ansiolíticos para conciliar el sueño y dormir a pierna suelta. Un sueño que, todo hay que decirlo, no reparaba nada. Odiseo vio un alto muro que le costó lo suyo sortear, no sin ver lacerado su cuerpo, pues hubo de lidiar con trozos de cristal puestos allí para repeler a los merodeadores. Dentro de los límites de la finca las luces estaban apagadas. 

Al perro, el fiel Argos, lo oyó respirar fuertemente dentro de una caseta tan grande como él. Se asomó en su interior y le tiró del rabo. Le propinó leves patadas en el lomo hasta que finalmente abrió los ojos. Lo olfateó con desgana, y víctima del Alzheimer volvió a cerrarlos para seguir dormitando.

Odiseo trató de forzar la cerradura sin éxito. Tuvo que usar el puño para romper el cristal y acceder al interior. Sentía el pecho agitado, el corazón bombeando a todo trapo ante el inminente reencuentro con su amada, cuatro lustros después. La encontró en la segunda planta, en la última habitación, al fondo a la derecha, junto al baño. Oyó unos espeluznantes ronquidos que le sobresaltaron y amoscaron. Por un momento creyó que su amada le estaba poniendo unos cuernos de mamut. Ya estaba dispuesto a echar mano del arco que Penélope guardaría aún en el trastero, para vengar tamaña infidelidad, cuando comprobó que en el lecho conyugal solo estaba ella: su amada y anhelada Penélope. Paseó la mirada sobre el cuerpo, cubierto con un pijama de franela. Descubrió el tatuaje en la planta del pie derecho. 

Fijó la mirada en la mesilla. Vio la deconstrucción de Penélope en aquella miríada de artilugios. Tomó asiento en un puf frente a la cama. El eco del pensamiento tomó su voz.  

—¡Pufffff!

Ítaca no existía. Penélope tampoco. 

Envió cuatro wasaps subidos de tono a Calipso. Contestó al instante, adjuntando tres fotografías bien carnosas, que en Instagram le hubieran supuesto decenas de miles de seguidores en el acto. Agradeció Odiseo (el lascivo) a los Dioses Informáticos la posibilidad del sexting. Borró las grabaciones de las cámaras del circuito cerrado. Abandonó la casa. Regresó célere a su vida nómada, incierta y errabunda.     

Al salir, Argos, olvidado de sí mismo, ladraba en sueños.

 

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