En las disoluciones matrimoniales los que más sufren son los hijos. La buena hija es la validación del enunciado anterior. Candela quiere a su madre a y su padre. No tiene claro qué ha pasado entre ellos. O prefiere callárselo a sí misma. Carmela está en tierra de nadie. Y a sus doce años sufre. Cuando está con su padre es feliz, aunque víctima de sus ramalazos se asfixia. Y empieza a entender. El miedo de Carmela es que su naturaleza sea la de su padre. Se afincará en la equidistancia. También en un colosal ejercicio de resiliencia. Toca sobrevivir.

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