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Triacastela

 

La mancha negra resulta ser un gato. Ves cómo surge de la piedra hacia el cielo. Cómo rasga el horizonte con el rabo. Lo miras y permanece impasible. Otro peregrino más, pensará el indolente minino. Silbas, hablas, murmuras, das palmas. Nada. El gato es esfinge, centinela del tiempo. ¿A las piedras le han salido raíces? Parece una protuberancia más. A su izquierda el santo blanco del fondo refulge entre la negritud de la piedra y del tiempo. Detrás de la cruz lo verde. Más allá, el día declina en el cielo, se apaga a pasos cortos. Languidece. Pasas del gato.


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