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Por la Bardena Blanca (Cabezo de Piskerra, Paso de los Ciervos, Mirador de las escaleras rotas)

En Arguedas, pueblo que da la entrada a las Bardenas, vimos desde el coche algunos bonitos murales en los laterales de las casas. 

Una vez en el interior del Parque Natural anduvimos otra media hora con el coche hasta el estacionamiento. Alejados del mundanal ruido buscamos otras zonas menos transitadas, aquellas donde no llegan los vehículos, ni tampoco los turistas.

El numeroso grupo (éramos treinta), nos desplazamos a pie por la Bardena Blanca, la más erosionada y desértica, en comparación con la Bardena Negra o El Plano. Un paisaje caracterizado por las badlands, y no me refiero a la canción de Bruce Springsteen.

 

 

  

 

Luego nos internamos en un paisaje laberíntico e increíble, por inédito, en donde no asomaba rastro de vida: ni animal ni vegetal. 

 
 
Ya casi en los coches sí que había algo más de vegetación e incluso pudimos verle el sexo a la naturaleza: las flores, como estas quitameriendas.
   

 

 

Vimos cómo en los lomos de tierra de las carcavas espejeaban unos cristales, que luego supimos que eran cristales de yeso o selenitas.

 

Ya fuera del laberinto las escaleras rotas aportaron un punto de adrenalina a la excursión, por el reducido tamaño de cada escalón, también porque algunos escalones habían sido ocultados en parte por la arena solidificada y otros incluso estaban fuera de su ubicación original; la naturaleza convertida en un levantisco ejército en rebelión.  

 

 

 

 

 

Conquistada la cima el mirador ofrece unas impresionantes vistas, aunque para vistas espectaculares las que ofrece, con una vista de 360 grados, la subida a la cumbre más alta, de las dos que integran el monte Piskerra.

Pero además del monte Piskerra, el horizonte se puebla de formaciones geológicas que llaman nuestra atención como el Paso de los Ciervos.

Afortunadamente, como el día estaba despejado pudimos ver El Moncayo. Desde la cumbre se muy bien el cercano Cabeza de Piskerra, un poco más abajo, con forma de champiñón.

  

Antes de despedirnos de las Bardenas paramos a ver el Cabezo de Castildetierra, cuya naturaleza proteica se manifiesta a medida que se se recorre todo el perímetro del cabezo. Una de las formas que adopta es la de dos personas abrazadas. Visto por detrás presenta el aspecto de un espárrago (un cojonudo), emblema de la agricultura navarra. Sorprende ver en perfecto equilibrio los grandes bloques de piedra, sostenidos por las areniscas y calizas sedimentadas.

   

 

Aunque tal y como indica el cartel próximo al cabezo, el futuro que le espera será el de una figura desmochada, porque no olvidemos que este paisaje de las Bardenas no deja de ser un paisaje efímero, expuesto continuamente a la erosión.

De regreso a casa hicimos una parada, a las afueras de Arguedas, en el bar Hernani Bardenas, donde bebimos, charlamos y reímos y donde degusté una cerveza de trigo artesanal “Bardenas” muy rica.
 
 
 
 

© Fotos Vida y Montaña
 

Lecturas periféricas: Atravesé las Bardenas de Eduardo Gil de Bera. 
Leer la reseña en Devaneos. 

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