La idea era hacer la ruta de la Llena del Bozo y la Llena de la Garganta, desde la estación de esquí de Candanchú. Hicimos la noche previa en el Albergue del Río Aragón, en Canfranc Estación. Había meneo, para ser un día entre semana (miércoles), y temporada baja, tal y como nos hizo saber Estefanía, la vivaracha y simpática encargada del albergue.
Cenamos a pocos metros del albergue, en la Cafetería-Restaurante-Pizzería Universo. Un menú de 18 euros muy copioso y comida muy sabrosa. En la televisión estaba puesto el partido del Madrid. Solo vimos la primera parte y nos perdimos la remontada.
Las ventanas de la habitación daban al río, cuyo murmullo, en sordina, nos acunó toda la noche.
Al día siguiente, a las siete, pasamos a desayunar al bar Universo. Un desayuno a base de café, zumo y bollería. Y de allí a la estación de Candanchú. Todavía no había amanecido. Esperamos un rato en el coche. Con la alborada, a las ocho, nos pusimos en marcha.
A la vista estaban los remontes de las pistas. Caminamos por un terreno alfombrado de vegetación. Poco después, un sube y baja continuo, hasta internarnos en el bosque, donde siguieron las pendientes pronunciadas. Vimos el cartel a La Chorrota del Aspe a 1,9 kilómetros.
Pasado un kilómetro, los bloques macizos en la distancia. El día estaba precioso, el cielo limpio de nubes y con ausencia de viento.
Vimos a un excursionista que al comentarle que íbamos hacia las Llenas y el Aspe respondió que no iban muchos por ahí.
Luego supimos por qué, cuando encontramos los restos del último montañero que lo había intentado.
Más adelante fuimos siguiendo el curso del agua. La respuesta era la cascada ubicada más adelante. Llegamos hasta la cascada o chorrota siguiendo el rastro de los hitos encaramados sobre los grandes bloques de piedra.
En ese momento, la ruta en el móvil nos marcaba seguir el curso de la cascada. Pero no tenía un acceso fácil. No vimos más hitos que nos orientasen. Decidimos coger una pendiente muy pronunciada, a la derecha, con idea de llegar hasta la cumbre.
César iba en cabeza, Javier en medio y yo cerrando el grupo. En un momento determinado Javier decidió dar la vuelta. A César ya no lo vimos.
Bajamos hasta la cascada. Pasaron los minutos. Llamamos a César. Sonó varias veces y atendió a la llamada. Estaba en un punto en el que no podía ni ascender ni descender.
Estaba enriscado.
Lo pudimos ver desde nuestra posición.
Javier llamó rápidamente al 112, le pasaron con la Guardia Civil y luego con EL GREIM (Grupo de Rescate Especial e Intervención en Montaña). Les hizo llegar una foto con la posición exacta de César. También la ubicación.
Cuando era niño me había emocionado, y supongo que también llorado, viendo los helicópteros de los Reyes Magos en Las Gaunas. Pero nunca pensé que me emocionaría tanto, siendo ya adulto, cuando vi aparecer en el cielo el helicóptero de la Guardia Civil.
Después de más
de dos horas en la roca, César formaba parte de la montaña. Solo se le
distinguía de la roca por su vívida equipación, naranja y azul.
¿Qué le pasó por la mente a César durante esas dos horas de espera y con un equilibrio tan precario en la Ruabe del Bozo?
Que tendría una experiencia más que contar.
Mientras esperábamos, pensaba en el Grand Prix, en Supervivientes, en las pruebas de esos concursos que consisten en ver quién aguanta más el equilibrio sobre cualquier superficie.
Aquí resistir era sobrevivir.
El único ruido que oímos era el del agua, bajando en tromba desde la cascada.
En el cielo vimos azul un avión, que se soñaba pájaro, y volaba sin motor.
Finalmente apareció el helicóptero. Se acercó a César y desapareció.
Poco después vimos como detrás de la montaña aparecían dos miembros del GREIN con cuerda y arnés. Aseguraron con el arnés y la cuerda a César. Alcanzaron la cumbre y de ahí al helicóptero.
Javier y yo regresamos a los coches, estacionados en la estación de Candanchú, por una senda en el bosque a la que no había llegado todavía el sol, y permanecía en la umbría. Las rocas estaban resbaladizas.
Fue alrededor de las dos de la tarde, ya casi en la estación, cuando el sol nos comenzó a calentar el cuerpo y el ánimo.
El reencuentro con César, en el restaurante Biarritz, en Jaca, fue igual de cálido.
© Fotos Vida y Montaña
















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