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Hayedo de Arlabán

Hoy nos trasladamos a tierras alavesas, muy cerca de Aramaio, en la zona conocida como La Suiza Alavesa. En concreto aparcamos en Legutio y echamos a andar. Muy pronto estamos en el interior del hayedo de Arlabán. Hace frío a las nueve de la mañan, pero brilla el sol.

La ruta son diez kilómetros sin apenas desnivel. Lo interesante cuando caminamos por el terreno alfombrado de hojas es reparar en los árboles y rocas que nos rodean, pues adoptan formas muy caprichosas, como se ve en las fotografías. 



También vimos sarpullidos de setas, aunque las escasas lluvias hacen que, de momento, escaseen. El mucho calor previo también se manifiesta en los helechos quemados por el sol, o por los tonos de las hojas de las hayas, que todavía no presentaban los característicos colores otoñales. La ruta también esconde algunos secretos en forma de cuevas, como la cueva de Orratxeta.

La singularidad del hayedo de Arlabán son las hayas trasmochas, resultado del factor humano. Las ramas de las hayas se talaban a dos o tres metros de altura y se empleaban para hacer carbón. En un espacio que antaño compartían los ganaderos, carboneros y leñadores. 

El tronco de las hayas trasmochas es ancho, nudoso y corto. Su aspecto asemeja el de un candelabro. 

Hoy somos treinta. 
Memorial de la guerra

En la cima del monte Albertia vimos la tumba dedicada a los gudaris caídos en la batalla de Villarreal contra las tropas franquistas durante la guerra cívil. Alrededor vimos el terreno abierto en canal, donde en su día estuvieron las trincheras, hoy veladas por un sudario de hojas. 













Al acabar la ruta nos acarcamos al próximo embalse de Urrunaga.

Y antes de regresar a Logroño hicimos una parada para beber algo en el Bar Piscinas de Legutio.

 

© Fotos Vida y Montaña  

 

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